Uruguay

Con Ashley Lucas, experta en programas culturales para cárceles

“Son nuestras personas, son nosotros”

Del arte como agente de cambio y liberación, del teatro como herramienta para generar vínculos comunitarios sanos dentro de una prisión y sobre el trabajo y la motivación de esta prestigiosa especialista norteamericana, Ashley Lucas, para promover dinámicas socioculturales en contextos de privación de libertad, trata la siguiente nota.

Daniel Erosa

Brecha, 25-5-2017 http://brecha.com.uy/

Cuando tenía 15 años, su padre fue a prisión con una condena de 20 años y cinco meses. Vivían en El Paso, Texas. Sufrió en carne propia la realidad de las familias que tienen algún integrante privado de libertad. En todos esos años su padre nunca tuvo un programa de educación, ni de arte, ni de rehabilitación, ni tuvo información, ni radio… sólo altoparlantes con música country.

Ashley hacía teatro desde niña y cuando se graduó, se fue a hacer su doctorado a Michigan. La angustiaba la situación que vivía su padre, pero no podía hacer nada para modificarla y no tenía dinero para abogados. En ese entonces estaba estudiando teatro etnográfico (donde el dramaturgo investiga una comunidad y escribe una obra sobre su identidad, lo que piensan, cómo son sus vidas, qué tienen en común…) y se le ocurrió tomar la comunidad constituida por las familias de encarcelados como objeto de estudio. Y cuando empezó a hacer entrevistas descubrió que un porcentaje alto de personas en los Estados Unidos tenía algún familiar preso, pero nadie hablaba de eso. “Hay un silencio profundo en mi país, nadie quiere hablar de lo que pasa dentro de las prisiones o con sus familias. Y hay más de dos millones de personas encarceladas. Tenemos mucha vergüenza, creemos que somos criminales porque conocemos a alguien que está preso. El estigma es tan profundo que nadie puede expresarse. Por eso empecé a hacer esta obra de teatro (véase Ficha) que es una serie de monólogos que representan la voz de diferentes miembros de una familia que tiene un integrante preso”, explicó Lucas a Brecha. Por eso también su actividad profesional gira desde entonces en torno a las cárceles y a las personas privadas de libertad y se ha dedicado a promover prácticas artísticas –especialmente artes escénicas–, en establecimientos de reclusión. Su idea es sensibilizar de la necesidad de incluir actividades socioculturales en la rehabilitación de los presos. Pero también porque entiende que “la prisión es lo opuesto al teatro. La cárcel es un lugar donde tienes que tomar lo que quieres o no lo vas a conseguir y tienes que manipular constantemente para sobrevivir. El teatro ofrece otras formas: puede ayudarte a imaginar cómo podría ser todo diferente. Te saca de ese mundo donde estás y te abre un espacio de libertad”. Ayuda a entender que “puedes tener otras identidades, distintas a la de ser un preso; puedes ser actriz o escritor”.

Ashley Lucas está de visita. Hace algunos meses que tomó contacto con la situación penitenciaria de Uruguay, motivada por un proyecto en proceso de preproducción en el establecimiento Las Rosas de Maldonado, (1) e incluyó a nuestro país en el programa de intercambio que dirige entre la Universidad de Michigan, la Universidad Federal del Estado de Rio de Janeiro y la Universidad del Estado de Santa Catarina. Le interesó además el anuncio que realizó el gobierno uruguayo de trasladar las cárceles de la órbita del Ministerio del Interior hacia la del Ministerio de Educación y Cultura.

Brecha entrevistó a Lucas y participó, en la cárcel de Punta de Rieles, de una de las actividades previstas en la visita. Un taller de ejercicios muy sencillos pero efectivos que logró por espacio de 40 minutos trasladar a una esfera lúdica impensable a un grupo de unos 30 presos que se rieron a carcajadas, cantaron, jugaron, improvisaron y hasta bailaron sin necesidad de tener música. Y aunque casi todos tenían gorrita con visera, championes Nike y camisetas de fútbol, ninguno parecía peligroso.

***

—Hace algunos años un especialista en cárceles de la Onu, después de una visita a Uruguay, dijo que las nuestras eran de las peores cárceles del mundo. ¿Qué sabe de esa realidad y por qué incluyó a nuestro país en su programa?

—Esa es una competencia muy difícil de ganar. Todas las cárceles, en todo el mundo, son terribles. No sé tanto sobre las cárceles de acá, vine a conocer. Pero teniendo en cuenta lo que vi en otros países, sé que es muy difícil saber cuál es la peor. Porque en cada lugar hay algo horroroso dentro del sistema penal. En todos hay injusticias que afectan la vida de quienes tienen que vivir allí adentro. En Brasil las cárceles tienen mucho sol y mucho aire, pero muchas veces no tienen ninguna protección para la lluvia, duermen a la intemperie, en los Estados Unidos, hay cárceles donde nunca puedes ver el sol. Una hora cada día puedes ver desde dentro de esa caja de cemento un cuadradito de cielo y sol, pero que está tres pisos hacia arriba. No tienes contacto con nadie ni con el mundo natural en toda la condena. En todas hay algo que empeora la vida de las personas. No sé el detalle de lo que pasa aquí, pero llama la atención que haya tanta gente encarcelada. Me genera la pregunta de qué hay en el carácter nacional que lleva a que haya tanta gente presa.

—¿Por qué confía en el teatro como herramienta para trabajar en medios tan difíciles y hostiles como las cárceles?

—Hay una identidad de estar preso. Estás en un lugar donde no te puedes comunicar bien con el resto del mundo, apartado de tu familia, de tu comunidad, de tu casa, de todo tu modo de vida… Se da un proceso de despersonalización y estás obligado a vivir de una manera terrible. Cuando alguien hace teatro necesita de una comunidad: los espectadores, el que me ayuda a poner las luces o el sonido, la música, necesito otra gente y necesito comunicarme con otras personas. Tengo que saber ponerme en el lugar del otro, tengo que empatizar y me posibilita imaginar cosas afuera de mí misma. Si hay otros actores, tienes que aprender a repartir el espacio, compartir el guión, sostener los diálogos… Para que sea una obra buena, tienes que usar tu tiempo, pero dejar que los demás también hablen. En el teatro aprendes mucho de cómo funciona una sociedad con vínculos sanos.

—¿No es un tanto ingenuo pensar que se pueden cambiar con el teatro realidades tan complejas y muchas veces violentas?

—Hay que ir con cuidado, porque a veces hacer este tipo de obra puede resultar peligroso dentro de una prisión, al abrir tu corazón, también quedas desprotegido; en las cárceles no puedes hablar de tu vida con mucha apertura, no quieres que todos sepan cosas sobre tu familia, tu pasado, lo que tienes o lo que no tienes, porque otros pueden manipular el mundo en que vives. A veces los hombres que interpretan personajes de mujeres luego viven discriminación o violencia. Pero en otras cárceles, la comunidad que hace teatro es tan fuerte que cambia esta realidad social. Depende de la cultura de la cárcel y de quiénes son los participantes, porque si la mayoría piensa que están haciendo cosas buenísimas, se entusiasman y quieren ver más, pero si hay un grupo muy pequeño que está haciendo estas cosas y no son líderes dentro de la prisión, es peligroso. También si los trabajadores de la cárcel participan puede realmente cambiar mucho las cosas. Se bajan prejuicios de unos contra otros porque están trabajando juntos. Si además las familias de los encarcelados pueden ver las obras, cambia todo el mundo. Pero es muy importante contar con el apoyo de los que tienen poder sobre la cárcel. Si están siempre tratando de cancelar el programa, es muy difícil hacer cosas grandes con el arte.

—Usted ha visitado cárceles en países muy distintos. ¿Qué tienen en común y qué las diferencia?

—Lo que tienen en común es que en todas vive gente privada de libertad, y esta experiencia es universal: es no estar en casa, no tener la familia cerca, no tener el poder de elegir ni lo que vas a comer, o con qué vestirte… Es siempre una experiencia que te dice: No tienes nada de valor, no puedes contribuir con tu familia ni con la sociedad, no tienes poder para nada. Es algo horrible para la conciencia y para el alma. Y es algo contradictorio, porque queremos que la gente que ha cometido un crimen se responsabilice por lo que hizo, pero en una cárcel no tienes responsabilidad de nada, no puedes, no es por que no quieres, no puedes hacer nada. Muchos presos quieren redimirse, toda la gente quiere creer en su potencial de ser buena. Pero las cárceles nos enseñan que no pueden ser buena gente. Las diferencias son más específicas, cómo es el edificio, en qué partes te puedes mover, con quién convives, cuánta gente está en tu espacio y cuántas cosas tienes. En Irlanda vi mujeres que tenían su propia ropa y juguetes para sus niños. Y estas cosas chiquitas cambian la calidad de una vida en el encierro. Lamentablemente, en Estados Unidos y otros lugares, cuando hay un cambio en las autoridades de las cárceles, siempre quieren ser más estrictos y fuertes que el que los precedió. Y por eso las cosas en las cárceles se van de Guatemala a Guatepeor. En los 20 años que mi papá estuvo encarcelado en Texas pasamos de tener sándwiches y otras cositas para compartir en las visitas, a casi no tener nada, a que la comida estuviera en máquinas y cada vez más cara… Cobran siete dólares medio litro de agua. Cambian las reglas arbitrariamente. Ponen por ejemplo sólo dos sillas en la visita cuando no hay límite para la cantidad de visitantes. No hay razón. Y cada año fue peor.

—¿Y usted piensa que ese espíritu de castigar al preso, esa concepción mortificadora de lo que debe ser una cárcel, puede ser modificada mediante el arte?

—El punto es que no se pueden cambiar esas cosas si no hay un cambio cultural. Tenemos que cambiar mentes no sólo leyes y condiciones, por eso el teatro tiene tanta significancia. Tenemos que pensar en la gente que está presa como nuestras familias. Cada persona que está encarcelada es padre, hijo, hermano, hay una casa en cualquier ciudad que es su casa. Son nuestras personas, son nosotros. Y si no pensamos en toda la gente de la nación como nuestra gente, como personas que queremos, no podemos cambiar las prisiones. Hay gente que está presa que puede hacer cosas buenísimas…

—Cuando usted realiza una actividad en una prisión, ¿cómo puede concluir que pasó algo que valió la pena, que surgió allí algo significativo?

—Se siente diferente en cada lugar, pero se da una conectividad entre las personas que están en la obra, entre ellos mismos, con la audiencia, con las autoridades, los guardias… Si se genera algo nuevo que no existía antes, algo ha pasado. Cuando ves que esa persona que hasta ese momento aparecía como alguien peligroso y demuestra que tiene creatividad, talento, que tiene sensibilidad… pasó algo que nos da la oportunidad de respetarnos. La obra que escribí cambió mi vida, porque cada vez que la hago, una persona me invita a hacerla en otro lugar. Pensé que iba a hacer la obra una sola vez en California y luego en Texas para que mi mamá pudiera verla y ya… pero la hice por primera vez en 2004 y todavía la estoy haciendo. Hay mucha gente que tiene la necesidad de hablar de estos temas en todo el mundo.

—¿Y cómo vive su padre la decisión de enfocar su carrera en esta dirección? ¿Ha visto la obra?

—Mi padre tiene 71 años, está enfermo y no puede salir del Estado. Ha visto sólo pedacitos de la obra. Está muy orgulloso de mi trabajo, pero a la vez está triste porque piensa que me dedico a algo muy difícil, que estoy siempre muy ocupada y que mi corazón está lleno de estas historias durísimas. Se siente responsable. Piensa que mi vida podría ser más fácil si hubiera elegido trabajar con Shakespeare (risas).

Nota

1) La idea, de concretarse, es que, en conjunto con un dramaturgo, los reclusos que participen del proyecto reescriban la obra Rebelión en la granja de George Orwell, la ensayen, le hagan la música y la puesta en escena y que luego de terminada se estrene en la propia prisión, en un teatro de Maldonado, y luego en el Teatro Solís de Montevideo. En paralelo, se prevé filmar todo el proceso y con ese material hacer un documental que sería dirigido por Virginia Martínez.

Técnicas del teatro del oprimido

El teatro como medio de cambio

El teatro del oprimido es una corriente nacida en los años sesenta, sistematizada por el dramaturgo, actor, director y pedagogo teatral brasileño Augusto Boal. Toma elementos del teatro épico de Bertolt Brecht y de la pedagogía del oprimido de Paulo Freire.

Lo innovador de esta tendencia es que democratiza la actividad teatral desplegando un sistema de ejercicios físicos, juegos estéticos, de imagen y de improvisación que se ponen al servicio de las personas más vulnerables, generando una herramienta que –según sostienen sus defensores– cuenta con un gran potencial político y pedagógico que, además de servir para el análisis y la crítica social, genera responsabilidad y autonomía y permite trabajar sobre las opresiones y relaciones de poder para combatirlas. Este tipo de teatro trabaja sobre el supuesto de que cada individuo es un potente actor social, capacitado para enunciar propuestas sobre su condición de vida y sobre los posibles caminos alternativos. En el teatro del oprimido existen distintas líneas de trabajo (teatro periodístico, el teatro legislativo, el teatro invisible, el teatro imagen, el teatro foro) y todas tienen por objeto transformar al espectador en protagonista de la acción dramática y “a través de esta transformación, ayudar al espectador a preparar acciones reales que le conduzcan a la propia liberación”.

Lucas, que para su trabajo en cárceles ha tomado algunas técnicas de esta corriente teatral, cree con toda convicción que “el teatro es un medio de cambio” y que es muy útil para las personas que están privadas de libertad. Explica cómo funciona en concreto el teatro de foro. Supongamos que hay un conflicto de convivencia en una cárcel. Se toma “un grupo de actores de las dos partes que están en conflicto y hacen juntos una obrita de teatro original sobre el conflicto. La escriben, la ensayan y la presentan en una audiencia donde están las dos partes del conflicto. Luego de terminada la obra, le preguntan a la audiencia qué piensan de lo que pasó en la obra. Y la audiencia aprueba o no, y se discuten los distintos argumentos. Luego los actores le proponen a la audiencia un reto: Imaginar qué pueden hacer diferente en la obra para cambiar lo que no les gusta. Porque si queremos cambiar el mundo tenemos que imaginarlo. Tenemos que imaginarnos cómo puede ser diferente. Los invitan a participar en el acto. Los espectadores pueden sugerir que tal actor haga una cosa diferente o puede incluso interpretar el rol de ese actor para introducir el cambio”. Según la experta, no siempre funciona, pero cuando funciona, realmente sirve para cambiar cosas.

Cuenta además que en Sudáfrica hay un grupo de teatro que está trabajando el tema del sida dentro y fuera de las cárceles. “Porque además de que hay todavía mucha gente con esta enfermedad, existe una estigmatización tan fuerte que la gente no toma la medicación para que los demás no sepan que está enfermo, todos los medicamentos son gratuitos, pero la gente no quiere tomarlos y por otra parte existe un mito cultural que dice que si el hombre tiene sexo con una virgen, ya nunca más se podrá contagiar el sida, y esto es muy peligroso. Las obras allá dan información para desmontar estos mitos. Sirven para difundir y concientizar. Promueven el conocimiento”, explica.

Ficha

Ashley Lucas es profesora asociada de teatro y drama, y directora del Prison Creative Arts Project (Pcap) en la Universidad de Michigan. Cuenta con una doble licenciatura en Estudios Teatrales e Inglés de la Universidad de Yale y con un doctorado en Estudios Étnicos, Teatro y Drama de la Universidad de San Diego, California. Es miembro de la Fundación Ford, del Programa de Becarios Académicos de la Universidad North Carolina y del Instituto de Artes y Humanidades de la misma universidad. Sus intereses en investigación e instrucción incluyen el teatro latinoamericano, el teatro en prisiones, el teatro para el cambio social, la interpretación, la dramaturgia y los estudios étnicos comparativos.

Lucas es autora de una obra etnográfica sobre las familias de los privados de libertad titulada Doin’ Time: Through the Visiting Glass, un monólogo que ha interpretado en Estados Unidos, Irlanda, Brasil y Canadá. Actualmente trabaja en el libro Methuen Critical Companion on Prison Theatre, que analiza casos de Estados Unidos, Reino Unido, Irlanda, Canadá, Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda y Brasil.

Dirige el Programa de Intercambio Pcap Brasil con la Universidad Federal del Estado de Rio de Janeiro y la Universidad do Estado de Santa Catarina, donde cada verano concurre junto a sus estudiantes para realizar obras teatrales dentro de prisiones, hospitales y favelas.

Sin embargo, dice con cierta ironía, “en Estados Unidos no puedes decir que estás haciendo teatro del oprimido porque no se puede criticar al sistema de justicia y le tienen miedo a quienes hablan de oprimidos o de opresión, lo consideran peligroso”.