Uruguay

Con la arquitecta Susana Martínez Benia

Pueblos privados, pueblos de nadie

Salvador Neves

Brecha, 25-5-2017  http://brecha.com.uy/

Hay más de veinte pueblos arroceros. Dos tercios de las localidades urbanas de menos de 300 habitantes del departamento de Treinta y Tres lo son. También hay alguno en Rocha. El censo de 2011 dice que allí viven 935 personas. (1) Los caminos hacia los que están al sur del arco formado por las rutas 8 y 17 suelen estar en buen estado. Por eso, aunque algunos trabajadores estables queden en los pueblos, los productores generalmente traen y llevan en el día, desde la capital departamental, a la mayor parte del personal. Más al norte, Arrozal 33 está unido a Vergara por dos turnos de ómnibus. Pero siguiendo hacia Cerro Largo la cosa se complica, la entrada y salida se resuelve de forma privada y el estado de la caminería alarga los viajes, el aislamiento se agrava.

“La Central”

Arrozal 33 es el más grande de estos pueblos. De acuerdo al censo ahora tiene 344 habitantes distribuidos en un centenar de viviendas. Pero según comentó a Brecha la arquitecta Susana Martínez Benia –quien está redactando su tesis de maestría en ordenamiento territorial basándose precisamente en estos pueblos–, hubo un momento en el que había más de 2 mil personas viviendo ahí.

Son urbanizaciones instaladas en predios privados. El fenómeno era corriente en Europa durante la revolución industrial, cuando junto a la fábrica se instalaba un pueblo obrero. En América Latina se asociaron frecuentemente con la actividad minera pero también los hubo industriales, como el que nació a instancias del Frigorífico Anglo, en el departamento de Río Negro.

Los pueblos arroceros comenzaron a surgir en Uruguay durante la primera mitad del siglo XX. En la década del 50, un segundo impulso de esta agroindustria hizo que éstos se multiplicaran, pero los pioneros fueron Cipa Olimar, Cipa Cebollatí y Arrozal 33.

Como el cereal crece en el agua, se buscaba tenerla cerca y en grandes cantidades. Arrozal 33, que en su inicio fue una sociedad de capitales uruguayos, se situó frente a la laguna Merín y al lado del arroyo Ayala, al centro de una gran extensión de campo playo. Era una zona alejada de cualquier urbanización importante y difícil de transitar, cosa que hizo que se decidiera dar alojamiento a los trabajadores en el mismo establecimiento.

Según apreció la arquitecta, la empresa tenía tal fuerza que el ferrocarril se extendió desde la ciudad de Treinta y Tres hasta la de Río Branco para transportar su producción hasta Montevideo. A la altura de Vergara se desprendía un ramal privado que entraba 30 quilómetros en el establecimiento hasta llegar al pueblo o “La Central”, como lo llaman sus habitantes. Además había vías móviles, que podían extenderse o levantarse para conectar el ramal con las chacras donde se estuviese trabajando. Al principio la propia empresa se ocupaba del mantenimiento de esa estructura ferroviaria, pero hacia la década del 70 el asunto resultaba tan oneroso que prefirió “donar” a la Intendencia olimareña una franja de suelo contigua a la vía del tren para que en ella se hiciera el camino municipal que todavía existe.

La recolección de residuos, la atención de la policlínica y el mantenimiento de los caminos es lo que en Arrozal corresponde a la autoridad municipal. También hay una escuela pública. En todo lo demás es un pueblo privado. Pero no es propiamente un pueblo, según las directrices de ordenamiento territorial.

Nombrar la cosa

“En algún momento la Intendencia, en el proyecto de directrices, definió los pueblos arroceros como zonas suburbanas, lo que significaba imponerles una carga tributaria mayor a la que tenían cuando eran rurales, pero luego se dio marcha atrás con esa definición”, recordó a Brecha Martínez Benia. Para la arquitecta no hay duda de que se trata de “suelo urbano no consolidado”.

“Primero hay que reconocer que es suelo urbano –insistió Martínez Benia–. Sin duda lo primero es subsanar esta importante omisión del gobierno departamental. Por ejemplo, podría proponerse la ejecución de un plan sectorial que regule todos los pueblos arroceros del departamento desde el punto de vista urbanístico, fijando una subcategoría de suelo, criterios y dimensiones mínimas para la infraestructura, dotaciones mínimas de espacios públicos y otros equipamientos urbanos, determinando usos del suelo admisibles, así como parámetros de ocupación y edificación, en definitiva aplicar otra herramienta que proponga técnicas de intervención. Para eso probablemente haya que recorrer un largo proceso de negociación que empiece por dejar claras la cantidad de ventajas que podrían resultar de estar ordenado. Yo veo posibilidades de desarrollo local. Ese territorio tiene tanto…, la laguna allí, a un par de quilómetros, el monte, los arroyos del Parao y Ayala, las aves que hay, el camino de la balsa… Aprovechando esa riqueza paisajística la gente podría encontrar maneras de vivir mejor. Pero es el Estado, el gobierno departamental, quien debe definir la categorización del suelo, aunque posiblemente las empresas se resistan”, argumentó la arquitecta.

Martínez Benia sabe que no será un asunto sencillo. “Cuando estuve en Arrozal el edificio del club que había, llamado Eslarroz, estaba a punto de derrumbarse. Los técnicos insistieron de muy diversas maneras pero no hubo forma de que la empresa aceptase que había que demolerlo y mientras tanto no dejar entrar a nadie. El lugar era de ellos, si se caía era un problema de ellos, todo era de ellos. Y además tenían razón: no había herramientas legales (o no se las supo encontrar) para impedir que obraran así, arriesgando que alguien se lastimara”, recordó.

Por eso, cuenta la arquitecta, allí los trabajadores nunca terminan de sentirse en su casa. “Siempre tratan de solucionar su vivienda en Vergara o más excepcionalmente en Rincón. Por más que en alguna medida se sientan de Arrozal, por más que de algún modo desarrollen un cariño por el lugar, allí nunca son dueños de hacer lo que deseen. Si la empresa resuelve demoler la casa a o b, la demuele. Entonces cada cual trata de resolver lo suyo en otro lado. No pueden apropiarse. En realidad son cada vez menos los que viven allí. En general se quedan durante la semana y el fin de semana vuelven con su familia, a Vergara.”

Nota

1) En el censo éstos son, además de Arrozal 33, Arrocera Zapata (116 habitantes), San Fernando (72), Rincón (62), Procipa (55), Los Ceibos (49), Mini (41), Las Palmas (40), El Tigre (39), La Catumbera (34), La Querencia (29), Santa Fe (25), Los Teros (21) y Bonomo (8). La investigación de Martínez Benia –como se ve en el mapa– agrega casos.