Cine Testimonio

Fotografías sin retoques del trabajo global

La Muestra Contemporánea Internacional de Cine Ecofalante, no podría haber hecho mejor elección al destacar un tema tan crucial para toda la humanidad: el trabajo. (Sexta edición, San Pablo, 1-14 de junio 2017: http://www.ecofalante.org.br/mostra/)

Ricardo Antunes *

Le Monde Diplomatique, edición Brasil, 26-4-2017 http://diplomatique.org.br/

Traducción de Ernesto Herrera – Correspondencia de Prensa

En las últimas décadas del siglo pasado florecieron muchos mitos acerca del trabajo. Como el avance de las tecnologías de información y comunicación no fueron pocos los que pasaron a creer que una nueva era de felicidad se iniciaba: trabajo online, digital, era informacional, en fin, entrábamos finalmente al reino de la felicidad. El capital global sólo precisaba de una nueva maquinaria, ahora descubierta.

El mundo del labor finalmente superaba su dimensión de sufrimiento. La sociedad digitalizada y tecnologizada nos llevaría al paraíso. Sin tripalium y quizá sin trabajo. El mito eurocéntrico, que aquí fue repetido sin mediación y con poca reflexión, parecía finalmente florecer,

Pero sabemos que el mundo real es muy diverso de su diseño ideal. Y la Muestra Contemporánea Internacional de la Ecofalante no podría haber tenido mejor elección. Primero por destacar un tema crucial para toda la humanidad hoy: el trabajo. Segundo, por ofrecer al público una serie emblemática de filmes y documentales que más allá de contradecir y desmoronar los mitos, ofrece un mosaico del mundo del trabajo real que hoy se expande a escala planetaria.

Si el universo del trabajo online y digital no para de expandirse en todos los rincones del mundo, es vital recordar que el primer paso para llegar al iPhone, iPad o semejantes, comienza con la extracción minera, sin lo cual el celular no puede ser producido. Y las minas de carbón mineral de China y en tantos otros países muestran que el punto de partida del trabajo global se encuentra en el brutal trabajo realizado por los mineros. De la extracción hasta su ebullición, así camina el trabajo en el infierno mineral.

Es ese justamente el tema de Gigante, un filme devastador. Del hormiguero formado por los camiones a la entrada de las minas, hasta el trabajo bajo temperatura más que que desertificada, Gigante muestra como las minas son una verdadera sucursal del infierno. Accidentes, contaminación, devastación del cuero productivo, muertes; todo eso ocurre en la sociedad de los que imaginaron que las tecnologías de información eleminarían el trabajo de mutilación.

La metáfora del director Zhao Liang muestra que China y las grandes corporaciones no existe sin el trabajo brutal y manual en todos sus rincones. Además de la existencia de ciudades fantasmas…

Consumido, de Richard Seymour, sigue el mismo curso. Comienza con el trabajo en la minas, pasa por el sector textil, avanza hacia el espacio de la producción digital, sin dejar de mostrar el vilipendio del trabajo inmigrante, este exponencial segmento del proletariado global que es, simultánea y contradictoriamente, tan imprescindible como superfluo, para el sistema del capital.

Pero si el mundo del trabajo digital comienza en el universo mineral, también en la planta productiva automatizada de los celulares y micro-electrodomésticos se ve la explotación intensificada del labor.

No es por casualidad que el primer ministro de India haya propuesto, poco tiempo atrás, aquel que debe ser el slogan del segundo país gigante de Oriente: así como China se hizo célebre por el Made in China, la India se debe hacerse célebre por el Make in Índia, una vez que la explotación del trabajo del obrero chino es un pequeño café frente al vilipendio de la superexplotación en el país de las clases y de las castas, de los billonarios y de los más que miserables.

Ese es el mote del explosivo Máquinas, que nos ofrece una fotografía directa del mundo infernal del trabajo en las industrias de tejidos, donde hombres, mujeres, niños, todos y todas, laboran duramente para dar concreción al Make in Índia. Jornadas de 12 horas o más, turnos indefinibles, locales de trabajo indescriptibles y distancias inmensas a ser recorridas entre la casa y el trabajo: ese es el cotidiano vivir del pueblo hindú que consigue trabajo. En la otra punta, una patronal invisible que sabe comandar con control bien invisible, a través de de panópticos televisivos. Todo eso y mucho más aparece en la pieza primorosa del director Rahul Jain.

Los obreros cargan galones de 220 kg y dice que su trabajo también es un “ejercicio intelectual, celebrar”, los baños para limpiarse la mugre diaria; las manos devastadas por el calor de las calderas; los cuerpos que son tragados por las máquinas; las múltiples formas de resistencia y rebeldía del trabajo hasta la represión salvaje del empresariado (que siempre quiere saber ¿“quién es el líder”?), Máquinas nos muestra un poco (o mucho) de todo.

Y ya que estamos hablando del mundo asiático Complexo Fabril, de Corea del Sur, es también un primor. El mundo del trabajo femenino no es presentado en su modo afectivo, delicado, calificado, explosivo, fuerte, indignado. Las opresiones van siendo enfiladas una a una: despidos, humillaciones, condiciones sub-humanas, resistencias, tanto individuales como colectivas. El mito del trabajo en la Samsung, agudamente denunciado, con sus afectaciones y contaminaciones: con los asedios, bajos salarios, superexplotación y siempre fuerte represión. Las dificultades para organizar sindicatos, el acontecimiento de las luchas de las mujeres tercerizadas, sus huelgas, sus confrontaciones, como el May Day, día de lucha de las trabajadoras para denunciar sus condiciones nefastas de trabajo, la violencia policial, los asedios, los vilipendios. ¡Pero también flores en la victoria!

Las transversalidades entre clase, género, etnia, generación, todo aparece en las fábricas complejas. En los call centers, en la industria de alimentos (corte de aves), en la industria textil, en los hipermercados. Las tantas escenas presentes en el universo femenino desmoronan los mitos de los trabajos blandos, tecnologizados, asépticos.

Pero se piense que esa realidad solamente es de Oriente, del mundo asiático.

Nada de eso. Aunque en la (¿nueva?) división internacional del trabajo la industria considerada “limpia” esta preferencialmente en el Norte del mundo y la industria “suya”, con polución y todavía más destructiva se encuentre en el Sur, este también invade el centro del capitalismo tenido como de desarrollado.

Y Algo de Grandioso es ejemplo de esto, al presentar la realidad del trabajo en la industria de la construcción civil en Francia. A partir de escenas y testimonios, la sensibilidad del trabajo va transbordando. Tragedias, esperanzas, expectativas, solidaridad, amistad; todo eso aparece en el mundo del trabajo duro, violento, peligroso de la construcción civil.

Lluvia, tempestad, hormigón, accidentes, las escenas se secuencian, mostrando como esa rama combina el recetario taylorista del trabajo prescrito con la pragmática del involucramiento y la manipulación que heredamos del toyotismo, el ejercicio de hacer un poco de todo en el trabajo, lo que, más allá de la explotación, amplía los riesgos físicos de accidentes, en un sector donde ya es alta la intensidad.

Brumario enfoca el ciclo con un paralelismo emblemático: reconstruye la historia del trabajo en una mina de carbón en Francia, que tuvo sus actividades cerradas. Y presenta la historia de una joven trabajadora, hija de un obrero minero, que trabaja en el sector de servicios, en una empresa de limpieza.

La doble cara del trabajo es expuesta, con sus diferencias tan marcadas, que configuran las tantas heterogeneidades y fragmentaciones que prueban la clase-que vive-de trabajo en su nueva morfología actual. Las de los mineros, casi todos hombres, con sus historias, combates, solidaridades, miedos, riesgos, dolores. Y la de una joven trabajadora que vivencia el trabajo fragmentado, separado, individualizado, sin pasado, sin proyecto de futuro, ofreciendo una bella pintura del pasado europeo y su nostalgia del futuro nublado de ese nuevo proletariado.

La vida en la mina es una vivencia en una ciudad sumergida. La oscuridad, el riesgo de desmoronamiento, el barullo repetitivo del subsuelo minero que no tiene lunas, sólo luces artificiales. (Un paréntesis: una sola vez entré como sociólogo del trabajo en una mina de carbón en la ciudad de Criciúma, estado de Santa Catarina. Allá abajo, no veía la hora de volver al mundo visible y plano).

La condición del minero, relata uno de los testimonios, marca indeleblemente todas sus otras dimensiones de la vida: la social, la familia, la cultura, la política. La transmisión del saber hacer, de una generación a otra, la soledad con el fin de la mina y su cierre, las luchas y conquistas obtenidas: y, posteriormente, con la jubilación o el cierre de la mina, viene la nostalgia, el desencanto.

La globalización llevó ineludiblemente al cierre de la última mina de carbón en Francia, dice el testimonio de un obrero de la minería. En la nueva división internacional del trabajo, eso pasó a ser producido sólo en el Su del mundo. En Colombia, Chile, Venezuela, China, Congo, etc.

Otro testimonio obrero es cáustico: en estos países ellos trabajan mucho más y ganan poco. Si un día la mina vuelve a Francia, agrega, sería bajo el control de China…

La nostalgia en relación al pasado y el desencanto frente al presente se encuentran.

En el otro polo del mundo del trabajo, la joven trabajadora, hija de un minero, recuerda el pasado de luchas del padre y de su presente aislamiento. Su trabajo  individualizado, des-sociabilizado, sin la convivencia con otros trabajadores. Ese nuevo proletariado de servicios aparece en este personaje como descreído en relación al futuro, resignado y descontento en relación al presente.

Minas y escritorios, trabajo “sucio” y trabajo “limpio”, trabajo colectivo y labor invisible, ayer y hoy, estos dos mundos del trabajo parecen desconectados. La joven se acuerda del padre y de sus luchas y no las ve en su presente. En su tiempo libre, cuida la casa. Es una joven proletaria sin posibilidad de construir una prole, pues la inseguridad en el trabajo no incentiva su vida reproductiva.

Se puede ver la experiencia británica del zero hours contracts (contratos sin horas) este nuevo sueño del empresariado del trabajo intermitente. Es una especie de trabajo sin contrato, donde no hay horas a cumplir y ni derechos a seguir. Cuando hay trabajo, basta una llamada y el trabajador o la trabajadora debe estar online para atender el trabajo intermitente. Y las corporaciones globales se aprovechan: expanden la “uberización”, se amplía la “pejotização”, floreciendo una nueva modalidad de trabajo: el esclavo digital. Todo eso para disfrazar el asalariamiento del trabajo.

A pesar de defender la “responsabilidad social y ambiental”, innumerables corporaciones practican incluso la informalidad ampliada, la flexibilidad desmedida y la precarización acentuada. La excepción se va tornado regla general. Aquí y en otras partes.

Quedan muchas indagaciones: ¿qué extraño el mundo del trabajo? ¿Habrá sido un sueño eurocéntrico? ¿Por qué el labor humano ha sido, predominantemente, espacio de sujeción, sufrimiento, deshumanización y precarización, en una era en que muchos imaginaban una proximidad celestial? Y todavía más: ¿por qué a pesar de todo eso, el trabajo carga consigo coágulos de sociabilidad?

Esta fotografía sin retoques del trabajo global de de la Sexta Muestra Ecofalante del Cine Ambiental, nos ayuda a reflexionar.

* Ricardo Antunes es Profesor Titular de Sociología del Trabajo en la UNICAMP (Universidad Estatal de Campinas), y Visiting Professor en la Universidad Universidade Ca’Foscari en Venecia. Autor, entre otros libros, de Os Sentidos do Trabalho (Boitempo, publicado también en Italia, Inglaterra/Holanda, EUA, Portugal, India y Argentina); Adeus ao Trabalho? (Ed. Cortez, publicado también en Italia, España, Argentina, Colombia y Venezuela) y Riqueza y Miseria del Trabajo en Brasil (organizador, Boitempo),