Brasil

Resistencias a las propuestas del gobierno Temer tendrán que derrumbar los muros de la izquierda

Gabriel Brito, Redacción 

Correio da Cidadania, 20-3-2017 http://correiocidadania.com.br/

Traducción de Ernesto Herrera – Correspondencia de Prensa

Siete días después que las mujeres tomaron las calles en Brasil para afirmar las demandas feministas, el país volvió a ver grandes manifestaciones en su principales ciudades, esta vez a partir de la propuesta de la Previsión Social presentada por el gobierno Temer, que unificó manifestaciones de diversos sectores de trabajadores.

En el caso de San Pablo, la mayor de todas las marchas, con al menos 200.000 presentes en la Avenida Paulista, tuvimos la inclusión del acto de los profesores que salió de la Plaza República y fue al encuentro de las columnas ligadas a las centrales sindicales, lo que garantizó músculo y vigor a la protesta.

En tanto, y más allá de los análisis y posiciones que buscan influenciar la política macro, nuevamente se evidenció el distanciamiento de la llamada izquierda tradicional, capitaneada por la CUT y sectores lulistas, de nueva generación, que pasó a ser considerada a partir de 2013.

“No podemos di­rec­ci­onar nuestras hacia la disputa electoral de 2018, como quiere hacer el PT. Tampoco podemos aceptar el camino que lleva a la división de clases, con propuestas de enmiendas puntuales al proyecto del gobierno. Es preciso derrotar las reformas previsionales y laborales”, afirmó a Correio da Cidadania Paulo Pasin (ver Correspondencia de Prensa, 17-3-2017) presidente nacional de los metroviarios, dando idea del dilema en que se encuentran aquellos que quieren dar vuelta la página del lulismo.

Si en la internet los defensores del ex presidente ofenden e intentan desmoralizar a los nuevos movimientos y sus componentes, con el pueril y autoritario discurso de “ustedes hacen el juego a la derecha”, en las escenas reales de la lucha de clases brasilera, tales movimientos necesitan desesperadamente de la llamada “nueva izquierda anticapitalista” para animar sus actos y marcar posiciones.

 “Unir a la izquierda”. ¿Ahora?

Pero, las propias dinámicas de cada lado son notoriamente distintas y ambos se apartan naturalmente, a pesar de las fotos aéreas que sugieren una gran comunión.

En torno a los camiones de la vieja bu­ro­cracia sin­dical, que desde el ajuste fiscal de 2015 comandado por Jo­a­quim Levy (NdT: banquero, ministro de economía en el segundo mandato de Dilma Rousseff) hizo pequeñas manifestaciones propias de repudio a la austeridad, quedan los militantes antiguos, de 40 años o más. Oyen a los mismos dirigentes de siempre haciendo discursos relativamente calculados, al lado de jóvenes pagados para portar las banderas sin compromiso militante alguno.

Del otro lado, grupos con equipos de sonido para manifestaciones que se autodenominan de autonomistas, lo que no debe ser confundido exclusivamente con anarquistas,ignoran solemnemente tales discursos. Primero por falta de fe en aquellas figuras que prácticamente hibernaron las luchas sociales y antecedieron la llegada del PT al poder federal; en segundo lugar porque priorizan cuestiones pocos trabajadas por la izquierda tradicional, sindicalista, partidaria, como el propio feminismo evidencia (y los transportes en 2013 también)

Uno de los camiones altoparlantes en la manifestación de la Paulista, que no estaba identificado con ninguna central sindical ni con el sin­di­cato de profesores de San Pablo, era do­mi­nado por mujeres sexagenarias que se pasaron gritando “Vuelve Dilma”, sin ser acompañadas por otro grupos en momento alguno. Un papel de la oratoria llegó a sonar folklórico para la juventud que conforma el  “pre­ca­riado”, por su definiciones y análisis de la actual clase trabajadora.

Esa juventud que fue a las calles en 2013 y defiende pautas anti-mercado ignora el discurso de “defensa de la democracia” por aquellos que participaron de la (¿fracasada?) transición de la dictadura en los años ’80. Para esos nuevos militantes, es casi como una ofensa a su inteligencia la defensa de un gobierno que ayudó a criminalizar las luchas de las cuales participaron en 2013 y 2014, inclusive por medio de leyes, decretos y militarización.

Como defiende el filósofo italiano An­tonio Negri, se trata de una generación que, mundialmente, cambió la defensa de los procesos constituyentes (como el de 1988 en Brasil) por “destituyentes”, simbolizados en las luchas asociadas a ocupación de plazas públicas y grandes asambleas, como la del Sol (Madrid) Tahrir (el Cairo) y Taksim (Es­tambul).

Tales movimientos, no poseen relación alguna con las reacciones conservadoras contra la globalización y su crisis económica, marcadas por el Brexit, y la elección de Trump y el regreso de la extrema derecha en diversos países. Basta ver el perfil sociales, laboral, cultural y generacional de cada proceso para escapar de los falsos análisis de una izquierda que se paró en el tiempo e intenta vender todo y a todos los que se salen de su control como harina de la misma bolsa.

En medio a toda esa complejidad, aquellos que deseaban colocar a Lula en los actos en San Pablo, tuvieron extrema cautela y no anunciaron su presencia. Al final de la jornada, cuando el el grueso de las personas ya se retiraba para la casa, fue que el ex presidente aparece y discursa encima del camión de la CUT, frente a sus fieles seguidores.

Ademá de haber personas contratadas para levantar banderas y pancartas de la mayor central sindical, se registró una lamentable agresión de matones de la CUT contra un cineasta independiente, en el acto de Río de Janeiro. Pocas formaciones se ciñeron, pero una colocación de dichos “sindicalistas” en internet da la noción de un grupo similar a una policía paramilitar, lo que no es novedad para aquellos que conocieron y vivieron algunas disputas del sindicalismo brasilero.

“ El PT en tanto partido de izquierda, popular y de masas, francamente, no tiene posibilidades de resurgir. El PT en el poder recusó siempre un debate por la izquierda. No recuerdo una sola vez a Lula, en todos sus años de presidente, hacer alguna mención positiva de las izquierdas, inclusive dentro del PT. Una desconsideración cabal. Claro que al PT le interesaba preservar sus sectores de izquierda, pero el lulismo siempre lo aceptó como margen, nunca como centro, una vez que de hecho el lulismo buscaba la conciliación de clases. Y, en última instancia, acababa en la personalización de la política, donde el líder siempre tiene la última palabra”, decía el sociólogo Ri­cardo An­tunes en noviembre de 2015, cuando Dilma iba a un desastre irreversible y la derecha se aprontaba a capitalizar la revuelta.

El hecho es que esa izquierda acusó el golpe y comprendió que el ex presidente no goza de ninguna admiración de los más jóvenes, que no tuvieron la oportunidad de conocer al partido de militantes de calles y bases que un día el PT fue.

“Primero es necesario apuntar que la articulación de su presencia causó mal estar en otros sectores organizadores del acto. Este oportunismo fue calculado por el petismo para hacer el encuadramiento de la defensa de los pobres y de las causas sociales y de paso adelantar el debate presidencial de 2018. Si la presencia de Lula agradó a militantes petistas, por otro lado desagradó a algunos activistas que estaban en las calles”, escribió Paulo Spina, del Foro Popular de la Salud de San Pablo, en Correio da Cidadania.

Más allá del rechazo y diferencias político-ideológicas, el análisis que muchos hacen es que trabar esa o cualquier iniciativa del PT, encuentra un límite en términos de adhesión popular. Al fin de cuentas, quedaría todo entre aquellos que ya hacen parte de los círculos tradicionales de la militancia, alienado al ciudadano medio, galvanizado por los conservadores de verde y amarillo.

“El mayor error de aquellos que luchan contra la reforma de la Previsión será aceptar la identificación de esta importante reivindicación al PT, pues esto impedirá una mayor adhesión de aquellos que todavía no salieron a las calles a protestar contra la reforma”, señala Spina.

El “Fuera Temer” está mucho más allá de la política pura

En este escenario de confusión también se encuentra el “Fuera Temer!”, que, tal como se hizo visible el 8 de marzo, no significa “Vuelve Dilma”. Gobierno identificado como símbolo de la sociedad blanca, heterosexual, patriarcal, el repudio a sus miembros traspasa toda coyuntura política y asume contornos de “movimiento cultural”. Indignados contra la figura del nuevo presidente fueron los momentos como la Movida Cultural de 2016 en San Pablo y el Carnaval de las calles este año.

“El núcleo dominante del PT, que está en parte cerrado, en parte procesado, no tiene más como llegar al PSOL, el PSTU, a los diversos grupos y movimientos, y decir ‘vamos a tejer, ahora que estamos muriendo, un Frente de Izquierda’. Digo con tristeza: la más dura de las medidas tomadas por los gobiernos del PT a lo largo de cuatro mandatos fue destruir a la izquierda brasilera. El PT de 2015 tiene muy poco que ver con el PT de 1980. La CUT perdió, a lo largo de los años 2000, un conjunto enorme de tendencias y militantes sociales que estaban ahí desde su formación, en 1983. Así, un frente amplio, de izquierda, bajo dirección del PT, es una provocación”, decía Antunes, probablemente el mayor conocedor del mundo brasilero del trabajo.

De esa forma, queda el desafío, casi ciertamente de largo plazo, de reorganizar una alternativa que presente otro proyecto al país, distinto de aquellos que serán recalentados en 2018; o sea el  o bate-es­taca ne­o­li­beral que busca privilegiar al capital financiero, sea el neodesarrollismo que consagró a los “campeones nacionales”, desmoralizando exactamente cuándo publicamos este texto, por cuenta del escándalo de la Friboi (Ndt: se refiere al escándalo de la “Carne Flaca”, producción de los frigoríficos con carne contaminada de bacterias y uso de productos cancerígenos, impropios para consumo humano), además del tercer aniversario de la Operación Lava Jato.