Uruguay

Adolescentes y jóvenes que se suicidan

Irse antes de tiempo

“Los que no pueden más se van”, dice Charly García en una canción que la dictadura argentina censuró por considerar apología al suicidio. Décadas más tarde y sin militares, el tema continúa teniendo aires de tabú. Sobre todo si quienes eligen morir son adolescentes que tienen la vida entera por delante.

Mariana Abreu

Brecha, Montevideo, 10-3-2017 http://brecha.com.uy/

“Era un chiquilín alegre. El tipo que estás esperando en la fiesta porque jode, porque toca la guitarra. De amores complicados. La sonrisa… era todo. Fanático de Peñarol, escribía poemas, tenía una banda de rock. Una noche como ésta se quedaba en vela escuchando los fallos de Carnaval”. Ese era Matías para sus padres.

Dos días antes de cumplir los 20 años salió de su casa, cerró la puerta y puso las llaves en el buzón. Antes ordenó los libros, aunque no era su costumbre, eliminó su cuenta de Facebook y sacó el chip del celular. Dejó una nota de despedida y, lejos de donde su familia pudiera encontrarlo, se pegó un tiro.

Durante los cuatro años que pasaron desde la muerte de Matías, Brenda y Alberto (1) dedicaron mucho tiempo a revisar una y otra vez las señales que pudo haber dado su hijo. “Mirás para atrás y buscás. Lo que nosotros creíamos desahogos era algo más profundo: sus poemas mostraban opresión y descontento, como la mayoría, y vos no pensás que por eso se va a suicidar, en su vida cotidiana no demostraba eso. Él mismo nos había anotado unos días antes en el programa de preguntas y respuestas de Canal 10 y habíamos salido sorteados; lo que te quiero decir es que tenía planes”, relata su padre.

El hecho de que el joven hubiese dejado el deporte y engordado bastante había llamado la atención de la pareja, que alentó a Matías a ir al médico. Pocos días antes de su muerte tuvieron una discusión, él optó por quedarse con sus amigos en lugar de las vacaciones familiares: “Nos han dicho los especialistas que para llevar adelante una decisión de este tipo se necesitan disparadores que se dan naturalmente en una vida normal. En su carta de despedida dio muestras de una fuerte determinación, dijo que prefería marcharse ahora, que dejaba cosas valiosas pero pocas, a hacerlo con 40 años, esposa e hijos”.

“Los que saben del tema nos decían que hay un perfil de suicida que no encaja con su edad, que tiene otras vivencias y otras capacidades. Una profesora de literatura suya no entendía cómo un botija de 16 o 17 años podía escribir las cosas que escribía, porque vos las leés y no parece escrito por un adolescente, eso puede explicar un poco las insatisfacciones que tenía”, cuentan sus padres.

“Está la duda de si él en ese momento estaría en todas sus facultades, si habría ingerido algo que lo hubiera hecho caer rápidamente en una depresión los días previos que no estuvimos con él. Hay algunos indicios que a mí, con su inteligencia, me dan la pauta de que no estaba al cien por ciento cuando escribió la carta, le erra mucho a las fechas y era bastante exacto con esas cosas. Sus amigos nos decían que en los últimos tres días prácticamente no durmió, fue a bailes y a cumpleaños. Sigo pensando que hubo una mezcla de factores que desencadenaron que él hiciera eso.” Alberto dice que les quedan más preguntas que respuestas.

Una amiga de Matías, integrante de la banda de música, se había suicidado dos años antes. El muchacho le escribió la canción con la que el grupo cerraba sus toques. “Era un cuestionamiento a cómo la chica había hecho eso”, explican Brenda y Alberto, que citan de memoria los versos de su hijo: “cómo te fuiste sin saber qué pudo ser,… años que se escapan y vuelan, cómo entender, pasar la vida entera sin saber qué pudo ser”.

Asunto voluminoso

En 2015 el Ministerio de Salud (MS) registró 35 suicidios en adolescentes de hasta 19 años y 125 en jóvenes de entre 20 y 29, en un total de 643 casos registrados ese año.

En Uruguay “las estadísticas muestran que hay más suicidios que homicidios y muertes en accidentes de tránsito”, alerta Isaías Valencia, uno de los directores de Último Recurso, una Ong que trabaja en la prevención del suicidio desde 1989. Según datos del Ministerio del Interior (MI), en 2016 se registraron 638 suicidios y 265 homicidios, mientras que la Unidad Nacional de Seguridad Vial estimó 435 fallecidos en accidentes de tránsito ese año. Uruguay, junto a Cuba, tiene la tasa de suicidios más elevada del continente: 18,59 cada 100 mil habitantes en 2015.

Como demuestra la pasada crisis de 2002, año donde se registró la cifra récord, el suicidio no está dado sólo por aspectos relativos a la personalidad de los individuos, sus historias de vida o padecimientos psiquiátricos; influyen también las cuestiones de orden social, cultural, económico y religioso. Sobre ello existe consenso entre los especialistas, y el énfasis en uno u otro factor depende de la mirada.

Si bien los adultos jóvenes son, junto con las personas de la tercera edad, quienes más se suicidan, Valencia señala que en los últimos años ha acaecido un incremento voluminoso de los casos de adolescentes: “Se han detectado problemas que los están afectando específicamente, como el bullying, potenciado por las redes sociales, o el maltrato infantil”. El pico más alto en los últimos siete años se dio en 2013, cuando se suicidaron ocho niños y adolescentes entre 10 y 14 años, y otros 44 entre 15 y 19 años. Las cifras para esas edades bajaron a 5 y 30 respectivamente para el año 2015.

Mientras que los intentos de autoeliminación son más frecuentes en las mujeres, la gran mayoría de los suicidios que se concretan son llevados a cabo por varones, cerca del 78 por ciento de los registrados en 2016. La diferencia, afirma Valencia, encierra un componente de género: “Las mujeres son más propensas a pedir ayuda, a poner en palabras sus problemas y los hombres a guardarse sus cosas y a ser más radicales en la resolución de sus problemas. En épocas antiguas el suicidio masculino tenía como motivo recuperar la honra y generar una figura heroica. Todo ese bagaje cultural llega hasta nuestros días y de alguna forma explica también las diferencias entre hombres y mujeres”.

Varios porqué

“No hay un único perfil de adolescente suicida. Tampoco hay un factor único determinante; existe una conjunción de situaciones que lo empujan al suicidio”, indica la psiquiatra pediátrica Irene García Maggi, quien en su estudio más reciente (2) sobre suicidio infantil y adolescente detectó tres escenarios distintos. “Una población presentaba patologías psiquiátricas; otra tenía características que podríamos definir como personalidades histriónicas, es decir, que necesitan más de la atención de los otros y sentirse queridos, en estos casos las rupturas afectivas pueden precipitar el suicidio sin que exista una gran trayectoria previa; y en la población mayoritaria se observó una sucesión de eventos a lo largo de la historia (dificultades en los primeros años de vida, ruptura y discontinuidad de los vínculos, padres ausentes, madres deprimidas o madres inestables) que termina marcando un quiebre en la adolescencia”, sostiene.

Entre varios elementos, los investigadores analizaron los diarios íntimos y las notas suicidas de los adolescentes, éstas son cartas, escritos en las paredes o palabras que sus padres encuentran tiempo después en cuadernos de clase u otras pertenencias. No siempre tienen un destinatario explícito y a veces se trata de frases sueltas.

“Nos llamó la atención que en las notas y diarios, la muerte no aparece como el fin de la vida, sino como una posibilidad de nacer diferente. Este renacer no está asociado necesariamente al factor religioso, sino a la idea de un sufrimiento muy intenso en el joven y la esperanza de que algo cambie”, explica la especialista, y agrega que el dolor que denotaban las palabras de los adolescentes en la mayoría de las ocasiones no había sido observado por quienes estaban a su alrededor.

Adolescer de distinta de distan forma

En la mitad de los casos que estudió el equipo, los jóvenes cursaban una depresión al momento de su muerte, y en un alto porcentaje existían síntomas de la esfera psiquiátrica. Sin embargo, la mayoría no estaba siendo tratada. “Eso habla de la dificultad que significa para los padres, médicos y educadores diferenciar las crisis y depresividad propias de la edad de otros síntomas más graves”, dice.

No es tarea fácil la que deben enfrentar los adolescentes: encontrar su lugar en el mundo, separarse del hogar y la familia en pro de su autonomía, saber quiénes son y qué quieren. Sumado a la situación hormonal y los estados de ánimo cambiantes, el conflicto está latente. “Si bien el adolescente, sobre todo el púber, puede pasar por una cierta morosidad que es esa falta de energía o introversión, su mundo interior está lleno de cosas, de intereses y movimiento, de tiempo para imaginar, soñar, pensarse. Contrariamente, la depresión se caracteriza por la falta de movimiento, por una imposibilidad de salir al mundo exterior, de embestirlo, de encontrar placer en el afuera”, explica la psiquiatra.

Otros de los síntomas a tener en cuenta son el descenso en el rendimiento académico o la deserción escolar, la tendencia a la distracción, la pérdida de interés en las actividades diarias y especialmente aquellos que los jóvenes expresan a través de su cuerpo, como automutilaciones, cortes o lesiones autoinfligidas y trastornos alimentarios.

Los suicidios aparecen en edades cada vez más tempranas; García Maggi recuerda el caso de un niño de 11 años, “pero en el hospital Pereira Rossell asistimos a niños con intentos de autoeliminación anteriores a esa edad, no púberes, sino escolares”. A diferencia del adolescente, cuyo pensamiento le permite un grado mayor de abstracción, el niño no puede comprender cabalmente qué significa la muerte. García Maggi sostiene que recién en la pubertad puede concebirse “como algo irreversible y que puede acontecerle a uno mismo”. Naturalmente, dice la psiquiatra, la idea genera angustia, pero es distinto cuando el joven tiene una vivencia de muerte muy próxima o hay deseos de morir.

Si bien las ideas de muerte son uno de los síntomas de que algo no anda bien, no se presentan en todos los adolescentes con la misma intensidad o permanencia. “En algunos casos, por ejemplo, el joven puede llegar a su casa, elegir la ropa que se va a poner para una fiesta y diez minutos después se suicida”, afirma. También aclara que cuando la muerte es consecuencia de un impulso, existe una fragilidad en el adolescente que hace que frente a un desencadenante como una pelea con sus allegados o un de­sencuentro amoroso, vivido como una tensión insoportable, cortocircuite el pensamiento y actúe de forma destructiva. “En estos casos hay menos margen, pero hay que trabajar con esa vulnerabilidad previa”, señala.

Efecto contagio

Un joven se dispara tras un desencuentro amoroso y varios otros lo imitan, el primero es el protagonista de una novela, los segundos son hombres de carne y hueso aficionados a la literatura. Sucedió en 1774 cuando se publicó Leiden des jungen Werther (Las penas del joven Werther), obra de Goethe.

En una guía dedicada al tratamiento del suicidio en los medios de comunicación, la Organización Mundial de la Salud respalda la existencia del “efecto Werther”, sosteniendo que la forma en que los medios informan sobre el tema puede influir en otros suicidios. Detalla una serie de recomendaciones, como no publicar la información en la portada de los diarios o evitar fotos, pero no insta a olvidar el asunto. Si bien no hay disposiciones normativas, generalmente los medios uruguayos no dan cuenta de casos de suicidio, excepto cuando se trata de personas públicas, sucesos espectaculares o vinculados a casos de violencia doméstica.

La opinión de García Maggi es que “a nivel internacional se plantea un efecto que puede incidir en individuos vulnerables, sobre todo cuando se trata de personajes famosos que generan una fuerte identificación”. Por su parte, Valencia afirma que el efecto contagio propiciado por la prensa “es un mito” y “debe ponerse el tema sobre la mesa para quitarle la condición de tabú y evitar las ideas erróneas”. “El ocultismo sobre el suicidio ha logrado que no se tenga un mecanismo correcto de prevención”, alerta.

“Diecisiete años” se llama la canción de Matías. Eran los que tenía su amiga cuando decidió irse. “Diecisiete años que se escapan y vuelan”, había dicho él. “Cómo entender a quien decide ser el viento, transformarse en un lamento, cómo entender que la única manera es pasar la vida entera sin saber qué pudo ser.”

Notas

1) Brenda y Alberto forman parte de Renacer, un grupo de ayuda para padres que han perdido a sus hijos.

2) La investigación, publicada a fines del año pasado en la Gaceta Internacional de Ciencias Forenses, fue elaborada en conjunto por Irene García, Alejandro Garbarino, Irene Maggi y Hugo Rodríguez.

Adolescentes, encierro y suicidio

En riesgo y sin libertad

La privación de libertad es un factor de riesgo suicida. Lo afirma gran parte de la literatura sobre el tema y lo ratifica la psiquiatra Eva Migues, quien trabaja desde hace casi tres décadas con adolescentes en conflicto con la ley, actualmente desde el Inau. “Todas las semanas hay intentos de suicidio en alguno de los establecimientos del sistema de privación de libertad de adolescentes. Es algo habitual y está en la cabeza de los funcionarios que pueda ocurrir, por eso todo el mundo está atento y se tienen un montón de cuidados, como ver permanentemente dónde están y qué están haciendo los chiquilines. Si toman medicación, se la da un enfermero o el personal de salud, no los educadores. Los chicos son habilidosos, a veces tragan las pastillas y a los segundos las regurgitan y las guardan, hay que revisarlos bien, darles bastante agua o quedarse luego un rato con ellos. Además, se les saca lo que puedan usar para lastimarse, cortarse o ahorcarse. A pesar de eso se las ingenian para hacerlo”, indica.

La psiquiatra sostiene que el ahorcamiento es el método más frecuente en los intentos de suicidio. “A los chiquilines que intentan seguido se les retira la sábana. Es complicado porque no podés dejarlos sin ropa, frazadas o toallas, porque las precisan y tienen derecho a dormir en las mejores condiciones, pero por otro lado está el riesgo”, explica.

En lo que refiere a los adolescentes privados de libertad, la información cuantitativa brilla por su ausencia. “No hay estadísticas reales sobre los suicidios e intentos de suicidio. En los últimos años, desde 2012 al día de hoy, recuerdo dos. En el primer caso nadie sospechaba siquiera que el joven estuviera deprimido, pero lo calculó y generó una pelea con un compañero para que lo separaran de celda, fue en 2012 o 2013”, dice Migues. Afirma que el joven había tenido al momento de su ingreso la evaluación psiquiátrica de rutina, pero no se le había diagnosticado depresión, “estaba ansioso y angustiado por estar preso, pero son las sensaciones esperables a ese edad”.

El segundo caso data de 2015. Migues lo califica como “una falla en los cálculos del adolescente, que en realidad tenía previsto que lo pudieran ayudar”. En este sentido asegura que “la mayoría de los intentos de autoeliminación de estos jóvenes no tiene que ver con deseos de muerte o depresión, sino con que se frustran y actúan por impulso. Se enojan porque la familia no fue a la visita o porque el juzgado les niega una licencia para salir, intentan manipular el medio para conseguir cosas, movilizar a todo el mundo o ir al hospital y fugarse”.

Los padecimientos psiquiátricos en la población privada de libertad tienen similar proporción al resto de la población. “Al contrario de lo que a veces se piensa, la mayoría de las conductas delictivas están vinculadas al aprendizaje de un estilo de vida de supervivencia en el ambiente, no a patología”, afirma.

Varios de los intentos de suicidio se relacionan con un juego bastante común entre los chiquilines, sostiene la psiquiatra. Se trata de ver cuánto aguantan comprimiéndose el cuello: “En el momento en que pierden el conocimiento y se desmayan se suelta el cordón, la tela o la sábana que sostienen con el brazo, generalmente enganchada a los barrotes de la ventana o a la cama, y vuelven a respirar. Le dicen desmayo tumbero, un juego que puede tener consecuencias nefastas”.

A quién golpearle la puerta tan tarde

Reciben en promedio 30 llamadas por día, pero durante las fiestas pueden llegar a duplicarse. El día más agitado es el domingo y da igual si es invierno o verano. Muy pocos adolescentes se comunican a las líneas de crisis de Último Recurso. Generalmente son otros quienes llaman por ellos: familiares, profesores, entrenadores deportivos. “El adolescente es más de que otro busque la ayuda, genera distanciamiento a tomar un teléfono y hablar de sus problemas, no sabe cómo hacerlo si alguien no lo acompaña”, explica Valencia.

Por cada suicidio consumado se estiman entre 15 y 20 intentos. Éstos, al igual que los anuncios del deseo de darse muerte, presentan un riesgo considerable de reincidir. La investigación de García Maggi da cuenta de que en la mitad de los casos de los adolescentes estudiados existían pedidos explícitos de ayuda y muchos de ellos habían tenido intentos de autoeliminación previamente. “Es un mito eso de que los que avisan no se matan”, dice.