Uruguay

A propósito de la explotación sexual de menores

Entre el cielo y el suelo

La revelación de que propietarios de ómnibus de Cutcsa (ver Correspondencia de Prensa, 12-1-2017) explotaban sexualmente a adolescentes que ubicaban en la terminal del Cerro, y las reacciones que el hecho provocó, abren una serie de preguntas sobre los sentidos y representaciones sociales de estos casos. También respecto de la situación de las víctimas y el espacio para la voz adolescente en estas circunstancias.

Mariana Abreu

Brecha, Montevideo, 20-1-2012 http://brecha.com.uy/

Una investigación policial iniciada meses atrás a raíz de una denuncia del Inau derivó en el procesamiento, el 11 de enero, de cinco trabajadores de Cutcsa: uno por el delito de “retribución o promesa de retribución a personas menores de edad o incapaces para que ejecuten actos sexuales o eróticos de cualquier tipo”, y el resto por el delito de “contribución a la explotación sexual de personas menores de edad o incapaces”, ambos previstos en la ley 17.815.

Según el auto de procesamiento, al menos tres adolescentes de entre 15 y 16 años que frecuentaban la terminal de la línea D en el Cerro eran sometidas a distintas prácticas sexuales a cambio de dinero, regalos varios y viajes gratis. La denuncia, que se concretó a partir del trabajo de referentes educativos vinculados a las jóvenes y de organizaciones de la zona oeste de Montevideo, informó sobre “la posible existencia de una red de explotación sexual” que implicaba a choferes, guardas, inspectores y militares del cuartel del barrio Causeglia.

Durante varios días el caso (1) fue objeto de comentarios en las redes sociales, notas periodísticas, tema de conversación en el trabajo y en la cena. Pero, ¿qué sentidos y representaciones sociales quedan expuestos cuando hablamos de explotación sexual comercial de adolescentes (Esca)? La pregunta es uno de los puntos de partida para la investigación que lleva adelante el equipo de investigadoras (2) del Programa Género, Cuerpo y Sexualidad, de la Facultad de Humanidades. El proyecto, que luego de tres años llega a su etapa final, se centra en los departamentos de Maldonado, Paysandú y Tacuarembó, pero tiene por cometido aportar elementos para una mayor comprensión del fenómeno en general. Para ello analiza los discursos de varios actores sociales, como los operadores institucionales y la prensa, y trabaja directamente con jóvenes que vivieron situaciones de explotación.

“Los intercambios en las redes sociales a partir del caso ponen en escena qué entendemos en nuestra sociedad sobre el poder, las relaciones de género, las relaciones intrageneracionales, qué entendemos por sexualidad, cuáles son las sexualidades toleradas o no toleradas, cómo percibimos el vínculo entre la sexualidad y el dinero. Pero aparecen otros sentidos, que son tangenciales pero también hacen al asunto, los que tienen que ver con la maternidad y el cuidado, por ejemplo. En muchos de los casos aparece la culpabilización de la madre como un reforzamiento del estereotipo de género de la ‘mala madre’”, explica Valeria Grabino, una de las antropólogas que integran el proyecto.

“En la prensa hay explicaciones que son individualizantes y no ayudan a pensar las causas estructurales. ‘Dónde están los padres de estas chiquilinas’ es lo primero que surge, pero quién se pregunta lo mismo cuando es una chiquilina de clase media o alta la que vive una situación de violencia sexual. La dimensión de clase es fundamental para pensar, ya que si esto hubiese sucedido en otro contexto se hubiera leído de forma muy diferente. Aunque están muy ocultas, existen situaciones de Esca en contextos de mayor capacidad adquisitiva, vinculadas al turismo sexual, al mundo del modelaje o a las fiestas”, agrega.

En un audio que circuló por Whatsapp entre los trabajadores de Cutcsa, difundido días atrás por Telemundo, una voz masculina alertaba a sus compañeros sobre los allanamientos y las detenciones e instaba a eliminar “los videos porno de la pendeja”, una de las adolescentes en cuestión. Pero los videos a los que se refería el hombre no sólo fueron compartidos entre los transportistas. Las imágenes se reprodujeron una y otra vez en otros grupos de la misma red. “La autora Deborah Poole (3) sostiene que cada acto de violencia persigue un efecto teatral, y para que esta teatralización sea eficaz tiene que haber un público que comparta los códigos, los símbolos y la jerga. Creo que está presente ese efecto teatral en el grupo de varones que tenía estas prácticas. Y son justamente esos otros varones que comparten los códigos quienes reproducen los videos y terminan legitimando la práctica”, dice Grabino. En dichos códigos, afirma, entran en juego “la construcción social de la masculinidad y de la sexualidad”.

La brecha

“La chiquilina subía (al ómnibus) y buscaba a todo el mundo (…). Si ustedes van a averiguar al barrio, van a encontrar más de esa gurisa que anda volando”, dijo a periodistas de Canal 10 un trabajador de Cutcsa sobre una de las adolescentes implicadas. Minutos después, en el mismo canal replicaba el presidente del Comité Nacional para la Erradicación de la Explotación Sexual Comercial y no Comercial de la Niñez y Adolescencia, Luis Purtscher: “Los niños y adolescentes en esta situación generalmente están (…) sufriendo distintos tipos de abuso y de violencia desde su más temprana edad”. Las adolescentes, decía, “más que andar volando, están muy aterrizadas en las consecuencias más crueles de la exclusión y de la pobreza”.

Diana Sastre es pediatra del centro de salud del Cerro y delegada del Sindicato Médico del Uruguay del núcleo barrial. Trabaja en la zona desde hace varios años y lleva adelante junto a otros profesionales del área social y de la salud un programa (4) para estimular la lectura en ese centro. “Hay una inequidad enorme en lo que les pasa a los gurises de estos barrios respecto de otros”, señala. “Son gurises –explica– que no tienen un retardo mental o una dificultad severa, pero muchos tienen 14 años y no saben leer, escribir o interpretar un texto. Hay muchos que repiten por faltas, porque no hay nadie que diga ‘levantate y andá’. Tampoco hay adultos que revisen los deberes, que se sienten a estudiar con ellos. Cuando un gurí no aprende y empieza a repetir pierde su autoestima, piensa que no puede, y su familia también empieza a creer que no puede. Van quedando fuera del sistema.”

“¿Cuáles son las consecuencias de que los jóvenes permanezcan fuera del sistema escolar?”, pregunta, y responde la misma Sastre: “La calle. La calle de un barrio que es pobre y tiene dificultades. La prostitución, la drogadicción, las enfermedades psiquiátricas”.

La pediatra insiste en la necesidad de que los niños y adolescentes permanezcan en las instituciones educativas la mayor cantidad de tiempo posible. De esa forma, explica, quienes trabajan con ellos pueden estar atentos y actuar en red. “Las familias de esos gurises están muy complicadas, muchas veces están presentes físicamente pero no emocionalmente. Muchos de estos chiquilines han quedado a cargo de sus abuelos, que a menudo están enfermos o no pueden controlarlos, o son madres solas quienes están a cargo de la familia. A veces viven en condiciones de hacinamiento, conviven todos en el mismo cuarto y duermen en la misma cama. Son chiquilines que también han sufrido situaciones de violencia.”

Los lunes la doctora atiende a adolescentes. En la consulta les pregunta con quiénes viven, cómo les va en el liceo, adónde salen. Se pueden advertir determinadas situaciones, sostiene, sin necesidad de un testimonio. “Muchas veces los gurises van con ropa o calzado de marca, pero en la casa nadie trabaja formalmente. Hay una sociedad de consumo que estimula estas cosas, que si no es prostituyéndote o vendiendo droga no las podés tener”, señala Sastre.

“Las personas que trabajamos con los chiquilines hemos trasmitido durante muchísimo tiempo a las autoridades que vemos una aceleración en el deterioro cultural y de la familia. La brecha es enorme y no hay mecanismos para poder desarticular esas situaciones con celeridad. Los maestros y pediatras que trabajan con estas poblaciones vulnerables tampoco están debidamente sostenidos. Es muy difícil terminar tu trabajo y decir ‘dejo esto acá y me voy a mi casa’, porque se te pegan esas historias que son tristísimas”, dice.

La voz de los adolescentes

“Más allá de la necesaria normativa para abordar este problema, necesitamos rescatar la voz de los protagonistas, saber cuáles son sus sentidos sobre estas experiencias, porque son otras u otros los que hablan por ellos: las instituciones, las normas, la sociedad civil, incluso la academia”, explica Grabino desde el equipo de investigadoras.

La antropóloga sostiene que una dimensión clave para estudiar la Esca es la sexualidad de los adolescentes que, asegura, es un tema tabú en la sociedad. Un matiz que las investigadoras proponen respecto de los discursos institucionales, y en el que temen ser malinterpretadas, es el de adjudicarles a los adolescentes cierto grado de autonomía en las situaciones de Esca, concebirlos como sujetos activos. “Es un punto controvertido”, dice Grabino, e insiste en que esta consideración “no significa que no haya vulnerabilidad o una clara situación de violencia”.

“Se trata de pensar la explotación sexual comercial como una experiencia enmarcada en la trayectoria afectivo-sexual de los adolescentes, excluyendo situaciones forzadas, como la trata con fines de explotación. La pregunta es cómo podemos rescatar ese nivel de autonomía y comprenderlo, cómo pensar a estos adolescentes con capacidad de acción. Hay una tensión: si bien el contexto de vulnerabilidad y la violencia intrafamiliar son facilitadores, no son determinantes, y aunque las decisiones de los jóvenes estén restringidas, hay cierto margen de acción, lo que no quiere decir que la responsabilidad sea del adolescente”, dice.

La antropóloga sostiene que pensar a la adolescencia en diálogo con la sexualidad genera incomodidad. “Y más molestia nos genera –afirma– pensar la dimensión del deseo y el placer respecto de los adolescentes en esta temática. Nuestra perspectiva no es la de pensar si hay placer o no en estas situaciones, sino cuáles son los sentidos y las representaciones de la sexualidad para los adolescentes, cómo piensan la Esca, hasta qué punto la toleran, cómo son las moralidades en torno al tema, desde su experiencia concreta, no desde el discurso institucional o de la norma.”

Otra de las consideraciones que surgen de la investigación, y también de numerosos testimonios de aquellas adultas que ejercen la prostitución, es el continuo entre la explotación sexual comercial adolescente y el trabajo sexual. Hay mucho para pensar.

Notas

1) El Inau registró 333 casos de explotación sexual de menores, comercial y no comercial, en 2016.

2) El proyecto está financiado por la Comisión Sectorial de Investigación Científica de la Udelar. Su equipo de investigadoras está coordinado por Susana Rostagnol e integrado por Valeria Grabino, Serrana Mesa, Federica Turban y Magdalena Caccia.

3) En “El folclore de la violencia en una provincia alta del Cusco”, 1991.

4) Véase Brecha, 4-XII-15.

Apunte

De qué hablamos

Según el Programa Género, Cuerpo y Sexualidad, “la explotación sexual comercial de adolescentes se basa en una relación de poder entre un/a adulto/a y un/a adolescente, donde se habilita el intercambio de dinero o especias por relaciones de carácter sexual”.