Estados Unidos

El voto de la bronca

El mundo entero quedó pasmado por la victoria de Donald Trump y la emergencia de una vasta ola de descontentos en Estados Unidos. Entre los 59,6 millones de votaron por el demagogo millonario quizá muchos serán los pasmados cuando Trump cumpla sus promesas, y otros muchos cuando no las cumpla.

Jorge Bañales, desde Washington

Brecha, Montevideo, 11-10-2016 http://brecha.com.uy/

En los últimos dos meses de la campaña electoral, Trump, de 70 años, encabritó a sus seguidores advirtiéndoles que la elección estaba arreglada, y amenazó con que no reconocería el resultado a menos que él ganara. Después de que ganó, muy satisfecho que se mostró con el proceso electoral.

Y que nadie venga a decir que ganó de manera fraudulenta. Aunque, de hecho, la demócrata Hillary Clinton (68) recibió más votos (60.115.682) que Trump (59.819.655). Es decir, según los escrutinios oficiales hasta el cierre de esta página, hubo unos 296.027 votos más a favor de Clinton, pero en la matemática inexorable del Colegio Electoral Trump ganó 290 votos y Clinton 232.

No hubo fraude, no hubo grupos armados que intimidaran a los votantes, no hubo votantes ficticios, nadie se agarró a piñazos o balazos. La jornada electoral transcurrió con la tranquilidad de siempre y, de todos modos, ya antes del 8 de noviembre más del 25 por ciento de los votantes había emitido su sufragio por adelantado.

Los resultados dejaron patas arriba numerosos pronósticos de los expertos, desbarataron todas las normas convencionales, y dieron el triunfo a un candidato que ni siquiera sus más firmes seguidores pueden describir con mediana precisión.

Las encuestas previas a los comicios mostraban un gran disgusto de los votantes hacia ambos candidatos y un repudio generalizado a los partidos políticos, el establishment y hasta las instituciones mismas de la democracia que se jacta de ser la más antigua de nuestros tiempos. Pero, a la hora de los números, la concurrencia de votantes fue un 4 por ciento más alta que en 2012. No hubo un incremento del ausentismo, no hubo un crecimiento del “voto protesta”, y los otros candidatos, aparte de Trump y Clinton, no atrajeron multitudes.

La coalición que supuestamente llevaría a Clinton a la victoria se apoyaba en la expectativa de un masivo vuelco del voto femenino hacia su colega de género, sumado al asco supuesto de las mujeres por las groserías de Trump. Contaba, además, con el crecimiento del “voto latino”, atizado por los dislates antiinmigrantes del Donaldo. Y, por supuesto, contaba con un respaldo firme del voto de los negros, considerando que Trump suscitó las simpatías del Ku Klux Klan.

No ocurrió. El “voto latino” creció, sí, pero uno de cada tres votantes latinos marcó la boleta por Trump. Los “latinos” no son un bloque, y tienen no sólo diferentes orígenes nacionales sino también distintos intereses. Millones de hispanos que se han radicado aquí hace décadas no se sienten muy solidarios con los indocumentados que cruzan la frontera. Y si Trump insultó a los mexicanos, muchos centroamericanos, caribeños y sudamericanos piensan que a ellos no les toca.

Clinton ganó en el voto de todas las mujeres, pero perdió entre las mujeres blancas de clase media baja y trabajadora. Y los negros no se sintieron muy motivados para apoyar a Clinton como lo hicieron con Barack Obama, lo cual tuvo consecuencias en un país donde, a pesar de profundos cambios demográficos, los blancos siguen siendo el 70 por ciento de la población.

El comentarista conservador George Will resumió el resultado electoral señalando que “perdió la candidata que merecía perder y ganó el candidato que no merecía ganar”. Es la visión de la elite convencional, republicana o demócrata, que no reconoció por años lo que la astucia de Trump olfateó: la bronca generalizada entre la clase media baja y los trabajadores blancos que han perdido millones de empleos como resultado de la globalización.

El pasmo

“Après le ‘Brexit’ et cette élection, tout est désormais possible. Un monde s’effondre devant nos yeux. Un vertige” (“Después del ‘Brexit’  y esta elección, todo es posible ahora. El mundo se derrumba ante nuestros ojos. Un vértigo”), fue el comentario que el embajador de Francia en Estados Unidos, Gérard Ardau, twiteó en la madrugada del miércoles.

Poco diplomática la declaración, teniendo en cuenta que dentro de 70 días Francia tendrá que lidiar con un presidente de Estados Unidos llamado Donald Trump, pero la conexión que Ardau señaló entre la victoria de Trump y el “Brexit” no es desacertada.

Los mercados financieros tuvieron sus tres horas de pánico –los inversionistas que tan valientes son cuando lucran especulando con dinero ajeno, tienen el coraje de capones cuando de sus dinerillos se trata–, y diplomáticos y gobernantes de medio mundo expresaron sentimientos que el ex presidente de Uruguay José Mujica resumió en un “¡Socorro!”.

Dentro de Estados Unidos, los trumpistas celebran su triunfo sobre la vasta conspiración que Trump les describió en la campaña y que incluye desde “los medios” –periodistas, ojo, que la pelota viene envenenada– hasta las “elites” políticas que han medrado por décadas en el “pantano de corrupción y acomodos” que representa Washington, la capital.

Por cierto la mayoría de los diarios (sí, hay gente que todavía lee diarios) avaló la candidatura de Clinton, aun periódicos como The Arizona Republic, que en toda su existencia apoyó candidatos republicanos, o la revista The Atlantic, que nunca había declarado su apoyo por candidato alguno. También es cierto que cientos de generales retirados, decenas de ex jerarcas de las agencias de inteligencia, centenares de diplomáticos retirados y figuras prominentes del Partido Republicano describieron a Trump como inestable, advenedizo, sin preparación ni disposición a aprender en asuntos internacionales, y un riesgo para la estabilidad del país y del mundo.

Pero el demagogo los derrotó.

Y los no trumpistas lloran la oportunidad histórica que se les escapó de tener una mujer al frente de la nación más poderosa del mundo, de avanzar hacia un sistema de atención de la salud que cuide a todas las personas y no sólo a las que pueden pagar, una educación superior asequible que no ensille a los graduados con deudas enormes, y el progreso en materia de energías renovables y atención al cambio climático.

Los perdedores explican la derrota de muchas maneras. Hay quienes sostienen que hubo una reacción casi violenta de la mayoría blanca contra la diversidad cultural y étnica. Otros se olvidan de que en las primarias el Partido Demócrata mismo tuvo su propia corriente populista, la que alentó la candidatura del senador de Vermont, Bernie Sanders, apoyándose en la misma bronca de los trabajadores por los frutos agrios de la globalización.

Agarrate Catalina

Comienza ahora el proceso de transición pacífica y ordenada de una administración demócrata en el crepúsculo de dos mandatos –históricos a su manera por la primera presidencia de un mulato– y el amanecer de la era trumpiana. En las próximas semanas el conventillo político será en torno a quiénes ocuparán qué ministerios, y cuáles amigos de las amigas de los amigotes remplazarán a los amigotes de las amigas que han estado en cargos políticos en Washington.

Y pronto comenzarán las sorpresas trumpianas. Porque nadie, en realidad, sabe cuántas y cuáles de las promesas que Trump formuló desde que lanzó su candidatura en julio de 2015 han sido pura demagogia para ganar votos, o son programas específicos, planificados y que se pondrán en marcha desde enero de 2017.

Es en esto en que tanto quienes mucho temen a Trump, como quienes creen que pueden domesticarlo, o quienes creen que de veras cumplirá las ilusiones de sus votantes, se toparán con un fenómeno realmente novedoso en la historia política de Estados Unidos: el demagogo es, por naturaleza, impredecible.

Sí, es posible que Trump use los proverbiales cien primeros días de su administración para lanzar una campaña de captura, acorralamiento y deportación de 11 millones de inmigrantes indocumentados, y que comience la construcción del muro a lo largo de la frontera con México. Y también es posible que Trump, quien se cree el “negociador” par excellence, atienda los requiebros de la gran industria agrícola y la enorme industria de la construcción, que lucran con la mano de obra barata, y decida que lo mejor es mantener a los indocumentados en su semiilegalidad: se quedan y trabajan, pero no serán ciudadanos que voten.

Es posible que Trump se plante duro ante Rusia y China, ya que ha criticado tanto a Obama y Clinton por cobardes y tímidos ante el “expansionismo” moscovita y el “robo de empleos” chino. Sus seguidores lo adoran por esas cosas. Pero también es posible que Trump, un gran admirador de todos los “hombres fuertes”, negocie con Vladimir Putin un entendimiento sobre áreas de influencia que deje a Rusia mano libre para influir en el Oriente Medio –y que los rusos lidien con el Estado Islámico– a cambio de no agresión en áreas de influencia de Estados Unidos. Después de todo, Trump y su “make America great again” se nutren de nostalgia por los buenos tiempos en que dos potencias competían y, al mismo tiempo, tenían a sus clientes a rienda corta.

Es posible que Trump de veras le lance un garrotazo a Cuba, a tono con su retórica anticastrista de antes de las elecciones, cuando necesitaba ganar votos en el sur de Florida. Pero también es posible que Trump, el empresario de los hoteles de lujo vulgar, abrace a Raúl Castro –de seguro que Fidel no transará– si Cuba permite la construcción y operación de hoteles estadounidenses de manera que Estados Unidos gane algo del territorio que por dos décadas han dominado empresas españolas, canadienses y mexicanas.

Es posible, sí, que Trump postule jueces para el Tribunal Supremo de Justicia que agraden a los conservadores y cristianos fundamentalistas determinados a ilegalizar el aborto y contener la arrogación de poderes del gobierno federal que tanto horroriza a quienes veneran la Constitución como un documento sagrado. Pero también es posible que Trump vea que le conviene navegar en el rumbo por el que va la sociedad estadounidense y designe jueces que no traten de ilegalizar el aborto y que acepten el matrimonio de homosexuales.

La única manera de entender el fenómeno Trump es teniendo en cuenta que el individuo carece de ideología y su único principio es ganar más poder. El resultado electoral le da a Trump una oportunidad propicia: ha dejado por el camino y desbaratados a los dos partidos que han dominado la política estadounidense por un siglo y medio; el Partido Republicano que Trump tiene bajo su rienda mantuvo la mayoría en las dos cámaras del Congreso, lo cual garantiza que el Senado aprobará los jueces que Trump quiera nombrar en el Supremo.

Con magistrados dóciles en el Tribunal Supremo de Justicia, Trump no tendrá obstáculos para llevar adelante cualquier programa que, bajo su indiscutible olfato político, le rinda más votos y más poder. Así, por ejemplo, bien podría poner en marcha su fabuloso plan de inversiones públicas en infraestructura.

Muchos conservadores, que por décadas han criticado el gasto público y las tendencias “socializantes” de los demócratas, al parecer se olvidan de que Trump prometió un programa de infraestructuras aun más grande que el de la misma Hillary Clinton. Por supuesto, el plan faraónico de obras públicas –similar a los que fueron pilares económicos para Benito Mussolini, Adolf Hitler, Hugo Chávez, Fidel Castro o Juan Perón– aumentará la deuda nacional, pero los conservadores sólo se angustian por la tal deuda cuando en ella incurren los demócratas.

Los adversarios de Trump tienen ahora sus semanitas de sollozo, autoflagelación, búsqueda de culpables y regodeos en sus temores sobre el fin del mundo.

Quienes deben preocuparse en serio son aquellos que llevaron al poder a un demagogo, creyendo que podrán controlarlo o que, siquiera, tienen alguna idea de lo que se propone. Tal como Argentina ha padecido por décadas una enfermedad llamada peronismo, los estadounidenses, y por extensión, el mundo entero, quedan ahora expuestos a un fenómeno llamado trumpismo.